Hace unos cinco años pregunté en mi Instagram qué canciones eran mejores, si las de amor o las de desamor. El resultado confirmó mi teoría de aquel entonces: dos terceras partes de mis amistades votaron por el desamor.
Desde entonces esa inquietud quedó rondando en mi mente, y hoy, después de varios libros leídos que en aquel entonces no conocía, podría afirmar que la sabiduría popular en mis redes sociales tenía razón.
Cuando uno escucha una canción de desamor encuentra invariablemente que se canta con más pasión, con más emoción, con más énfasis.
Empezaré fundamentando esto con mi última conclusión.
El Nobel de Economía Daniel Kahneman establece que el impacto psicológico de una pérdida es matemáticamente el doble de intenso que el de una ganancia. Si bien su enfoque era la economía conductual, mi hipótesis es que esto aplica con la misma fuerza a las emociones.
Nuestro cerebro le asigna un valor desproporcionado al amor (a la relación) que se posee porque se ha invertido tiempo y esfuerzo no solo en conseguirlo, sino en mantenerlo. Iniciar una relación requirió tiempo y esfuerzo de un valor X; al obtenerla ganamos ese valor X. Sin embargo, mantener la relación implica una inversión constante, digamos, también de valor X. Por ello, cuando uno pierde ese amor no pierde solo lo inicial: pierde 2X. La ruptura es más intensa que el inicio porque el valor perdido era mayor al valor ganado.
Para mí, el desamor no es la ausencia de amor, sino la presencia del amor en la ausencia. Eso implica que sigues invirtiendo en él pero sin obtener ganancia. Es como si entráramos en una especie de bancarrota emocional o de escasez afectiva, y eso, para la mente, constituye una alerta o una amenaza crítica.
Existe también el concepto de sesgo de negatividad, teorizado por Paul Rozin y Edward Royzman, que concluye que a nivel biológico —no solo psicológico— las pérdidas y amenazas reciben prioridad sobre las recompensas o los estímulos positivos. Es un asunto de evolución: si nuestros ancestros ignoraban una oportunidad de placer, como cortar un fruto y comerlo, solo perdían una ganancia temporal; pero si ignoraban un peligro o una amenaza, como un animal salvaje al acecho, esto podía significar la muerte.
Aplicado a las emociones, el desamor activa ese mismo mecanismo de supervivencia: dejar de gozar las ganancias del amor implica un aislamiento emocional -y hasta social- que el cerebro interpreta como riesgo. Ahí el porqué de la nostalgia y la soledad de quien no desea salir ni convivir después de una ruptura.
Pero regreso a la dimensión psicológica, creo que a estas alturas habrán adivinado qué sección de mi biblioteca ha crecido más en los últimos años.
Lacan decía que el amor es «dar lo que no se tiene a quien no es»; para él, el amor es en realidad un juego de proyecciones donde buscamos sanar o cubrir nuestra falta constitutiva. La mirada del otro valida la ilusión de que juntos estamos completos; por eso, cuando esa mirada desaparece, lo que se derrumba no es el otro, sino la idea del Yo: esa versión de nosotros mismos que existía únicamente en su presencia.
De ahí que haya de amores a amores y que entendamos por qué con unas personas somos mejores que con otras. Que se haya marchado «quien no es» nos reencuentra bruscamente con nuestra condición de un ser fragmentado. Esto es muy común no solo en las rupturas, sino también en las relaciones intensas o incluso en el enamoramiento cuando se siente una necesidad permanente de estar junto al otro. El chisme hecho de mirar y ser mirados nos da amor lacaniano.
Algo parecido concluye Jung: cuando se rompe un vínculo, desaparece la proyección de nosotros que habíamos depositado en la otra persona. El desamor quiebra el ego y el arquetipo que habitábamos se esfuma, confrontándonos así con nuestras inseguridades y con el caos interno hasta que un nuevo amor -o el regreso del mismo -vuelva a adormecerlos.
Y por último, no podría escribir sobre este tema sin citar a Camus. Según su filosofía, el amor correspondido adormece cómodamente y anestesia la rutina porque nos hace creer que poseemos un propósito claro; pero cuando la relación se derrumba, nos enfrentamos cara a cara con el absurdo y nos cuestionamos de nueva cuenta el sentido de la vida. Las salidas a esta situación están descritas en El mito de Sísifo, a quien, como bien concluye el autor, debemos imaginar feliz.
Todo esto artículo para confirmarme a mí mismo lo que mi intuición, la de mis amigos, la de cientos de pensadores y la de miles de artistas ya sabían desde toda la existencia de la humanidad: el desamor sí es más fuerte que el amor, porque el amor sigue presente aún cuando el ser amado ya se ha ido.
Posdata: Todo este artículo empezó a formarse en mi cabeza porque hoy compré el Lego de El Beso de Klimt.
Contrario a lo que muchos piensan de que trata de un tierno y apasionado beso, la obra original remite a una historia de desamor.
Inspirada en el mito de Apolo y Dafne, relata cómo el dios griego, enamorado perdidamente, perseguía a la ninfa para estar juntos mientras ella huía, al grado de preferir convertirse en laurel antes que dejarse atrapar.
La respuesta de Apolo demuestra que el desamor es, en efecto, amor en ausencia: tanto la amó que, al ser imposible hacerla suya, la enalteció como símbolo de máxima admiración. Los versos de Ovidio que consignan el mito cierran con esta declaración de Apolo:
—«Puesto que no puedes ser mi esposa, serás ciertamente mi árbol. Siempre te tendrán mi cabellera, mis cítaras y mis carcajes, ¡oh laurel! Tú acompañarás a los capitanes romanos cuando el alegre canto de victoria celebre el triunfo y el Capitolio vea las largas procesiones. Y así como mi cabeza se conserva joven con cabellos sin cortar, tú también llevarás siempre hojas perpetuas.»
